TU DOBLE (MALVADO O NO) TE ESTÁ INCITANDO A HACER COSAS IMPENSADAS

Creo que a todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, se nos ha cruzado la duda sobre si no existirá alguien, caminando por algún rincón del planeta, que se nos parezca al punto de que se nos confunda el uno con el otro.

Esto no es nada nuevo. La idea de un doble es muy antigua y tiene probablemente sus orígenes en la mitológica idea de los “dobles de espíritu”. Donde un mismo espíritu es dividido en una mitad buena y una maligna, para luego encarnarse en dos personas idénticas, pero con motivaciones opuestas.

No hace falta mucho trabajo para ver lo popular del concepto. Sin ir más lejos, Hollywood le ha sacado el jugo de manera constante. Desde Terminator Genesis, Muppets most wanted, y Superman III, a Bill & Ted´s Bogus Journey, Replicant, Matrix, y Oblivion, el cine nos ha entregado dosis constantes de dobles con siniestras o sorpresivas intenciones.

Los alemanes (y los angloparlantes, quienes han adoptado la palabra) llaman doppelgängers a estos supuestos dobles. Es una palabra compuesta (como muchas alemanas) que significa “doble acosador” y originalmente se refería a un espectro o aparición que es una réplica o doble de una persona viva, pero que no proyecta sombra alguna y a quien uno no le debería hablar nunca si lo ve, ya que presagia algo malo que está por suceder, o inclusive la muerte.

Algunas historias hablan de estos dobles como “gemelos malvados”, porque intentan dar consejos engañosos, o plantar ideas siniestras en la mente de sus víctimas para hacerles daño, o matarlos, y potencialmente reemplazarlos asumiendo sus identidades.

En la vida real, y sin ser aparentemente tan perversos, hay – solo hace falta buscarlos en la web- varios sitios que, armados de una foto, tratan de ubicar a una persona con características faciales parecidas a las nuestras.

Los algoritmos se encargan de realizar lo que se denomina “reconocimiento facial” (face recognition en inglés), buscando coincidencias en fotos publicadas online. Se considera que las características que marcan la fisonomía de un rostro son generalmente 8, pero estos programas se encargan de buscar coincidencias en una serie de características denominadas puntos nodales que, en referencia a la cara, suman hasta unos 80, y refinan mucho más la búsqueda comparando parecidos y diferencias. Obviamente que cuantas mayores coincidencias, más semejante a mí será la otra persona (y viceversa).

De hecho, los programas biométricos (en parte gracias su utilización masiva en el ejercicio de buscar continuamente estas características online por mera curiosidad), han ido mejorando su eficacia de manera exponencial. Hoy en día, la mayoría de estos sistemas pueden buscar y comparar estos puntos de coincidencia en entre 20 y 30 millones de caras por segundo, y la velocidad -así como la eficiencia en la correcta comparación- continúan en constante aumento.

Sin embargo, de acuerdo con un estudio realizado en 2015 por científicos de la University of Adelaide, en Australia, se calcula que las posibilidades de que exista una persona cuyos rasgos faciales coincidan con los propios en solo los 8 rasgos básicos es de una en mil millones, mientras que lleguemos a cruzarnos con alguien que sea totalmente idéntico a nosotros de manera integral (cuerpo y cara) tiene una probabilidad de uno en un millón de millones. O sea, puede suceder porque es una verdad matemática, pero no es demasiado probable que ello ocurra.

O por lo menos, es tan probable como que un chimpancé encerrado con una máquina de escribir termine tipeando Romeo y Julieta de Shakespeare por casualidad (esa es la conclusión -matemáticamente probable pero casi inconcebible desde el punto de vista de las probabilidades- del famoso “problema del mono infinito”).

Ahora bien, no necesitamos monitos encerrados, ni fantasmagóricos fenómenos con maliciosas intenciones, para poder aseverar que, de hecho, existen dobles nuestros y que, tal como ocurre con los famosos doppelgängers, nos influencian y nos pueden llevar por caminos decisorios novedosos -y posiblemente impensados -, de no haber surgido su empuje persuasivo.

Cada vez que entramos a una red social (Facebook, LinkedIn, Instagram, Twitter et al) vamos a encontrarnos con “sugerencias” sobre actividades, potenciales nuevos contactos, amistades, productos o servicios interesantes. Muchas veces se trata (particularmente en productos o servicios) de mera publicidad. Todo es algorítmico (publicidad incluida), pero lo notable es lo que no es meramente -u obviamente- publicitario.

En algunos casos, se nos sugerirán amigos de nuestros amigos, por lo que la presunción es que tal vez los conozcamos, o que nos interese conocerlos. En otros casos, se trata de un proceso de comparación entre nuestros doppelgängers y nosotros. Personas que interactúan, miran, buscan, y compran con patrones muy similares (o idénticos a los nuestros). De ese proceso surgen las diferencias y la presunción que las cosas que ellos ya han probado, y han decidido que les gustan, son también ítems que a nosotros nos pueden llegar a interesar.

Cuando entramos a Amazon, o a Mercado libre en Sudamérica, lo que ocurre es mucho más directo. Siendo sitios comerciales, la búsqueda exhaustiva (Data Mining) de estas características genera sistemáticamente grupos de personas parecidas. Podríamos denominarlos “dobles virtuales”, ya que posiblemente no se parezcan para nada a nosotros en términos físicos, pero sí son casi idénticos en términos de intereses, gustos, lectura, música, películas o diversión.

La comparación de lo que hace nuestro doppelgänger de Mercado Libre, por ejemplo, genera propuestas del sitio para que probemos productos o servicios que ellos ya probaron y adquirieron. Y siguiendo la teoría de los espejos, nosotros estamos generando al mismo tiempo sugerencias para ellos, también como sus dobles.

Big Data Análisis (que se asemeja en algo al Big Brother de George Orwell), busca replicar a los dobles mitológicos utilizando una metodología llamada “K nearest neighbors”, basada en una de las funciones más utilizadas, la de la distancia euclidiana (la cual se deduce a través del teorema de Pitágoras).

En la práctica es una función muy simple que calcula la distancia más corta entre dos muestras. El algoritmo KNN (por sus siglas en inglés) simplemente realiza estos cálculos utilizando una múltiple variedad de atributos. O sea, encuentra nuestros dobles en gustos de lectura, o de electrónica, o de lo que fuera, y eso permite que el sitio nos ofrezca aquellas experiencias que nuestros dobles ya probaron y nosotros no (y viceversa).

Puesto en terminología que todos comprendamos, y haciendo un paralelo con la mitología, el resultado de este cálculo es el de dar consejos basados en intereses de otros “nosotros” – que pueden ser engañosos como en las viejas historias pero que apuntan a fomentar nuestros niveles de consumo-, o plantar ideas -no necesariamente siniestras, a no ser que nuestros dobles estén demostrando características o intereses diabólicos que nosotros todavía no mostramos- en la mente de quienes seríamos, sus “víctimas”.

Obviamente que el interés es puramente comercial, y no necesariamente malicioso (aunque la puerta está abierta para cualquier tipo de influencia). Pero en la práctica esos “dobles” están lenta, e indefectiblemente, modificando nuestras actitudes individuales, ya que el “grupo de doppelgängers “(como de hecho lo rebautizó Seth Stephens-Davidowitz, autor del libro “Big Data, New Data, and what the internet can tell us about who we are”) está, de alguna manera, homogeneizando nuestros gustos e intereses.

Desde el punto de vista comercial, esto es fantástico porque nos permite identificar, con creciente certeza, a los grupos de potenciales clientes con características muy específicas dentro de una enorme masa social totalmente heterogénea.

En otras palabras, pasamos de publicitar masivamente, aunque de manera sectorizada y con la esperanza que alguien actúe (sea esta clickbait o publicidad clásica), a identificar y sugerir el producto o servicio directamente a cada persona y a título individual, basado en sus supuestos -y muy concretos- intereses.

Es cierto que, tal vez, nos hubiésemos interesado igualmente en muchos de los ítems sugeridos por estos sitios, y es también cierto que mantenemos una cierta libertad de elección (relativa porque, por ejemplo, siempre existen presiones culturales para incorporarnos a tribus sociales determinadas, y muchas veces estos productos son parte del rito de iniciación).

Pero es un hecho que esas sugerencias también acotan nuestro muestreo de opciones y generan una especie de visión de túnel comercial o intelectual. Y es más, hasta se podría argumentar que lentamente vamos modificando nuestras individualidades, por lo que el resultado, implícito o impensado, puede que sea el de “crear” grupos con características específicas.

También es verdad que nos estamos concentrando en una franja muy específica de esta función de análisis de Big Data. Pero es una de las funciones que más nos afectan día a día. Porque de alguna manera, más allá de que tengamos una libertad absoluta para elegir lo que queramos en internet, nuestras elecciones reales de información y de datos son, en la práctica, muy limitadas.

Limitadas -entre otras cosas- por nuestras costumbres, nuestros prejuicios, nuestras restricciones culturales y educativas, nuestro idioma, nuestras necesidades de probarnos en el lugar correcto y con la posición correcta, nuestros complejos y como dijimos, las presiones sociales. O sea, la aparente libertad de decisión es mucho menos libre -o democrática- de lo que nos damos cuenta.

Pero el resultado tiende a ser el mismo que vemos en el concepto gestor de la democracia moderna, que se parece mucho al tradicional acto de magia donde se nos pide elegir una de muchas cartas, para terminar siempre eligiendo la que el mago quiere que escojamos.

No es una novedad que en la democracia moderna todos podemos elegir. Pero también es cierto que a los candidatos los elijen siempre unos pocos (o un pequeño grupo de dirigentes, o bien pocos en relación al total de los electores). Y para que vean -como dice el viejo dicho- que “en todos lados se cuecen habas”, uno de los que comenzaron este tipo de democracia con final preestablecido fue un infame político norteamericano, líder de Tammany Hall (un viejo partido demócrata de New York en el siglo XIX), llamado Boss Tweed.

Para no perdernos en la explicación, solo basta decir que pasó a la fama, entre otras cosas, por su efectividad para controlar legislaturas, por sus altos niveles de corrupción, y por su frase más famosa: “No me importa quien vote, siempre y cuando sea yo el que nomine al candidato” (cualquier coincidencia con sus experiencias personales en sus propios países, es meramente causal…).

Un ejemplo muy actual de deformación en el proceso de elección es el que se produce en Gran Bretaña. Como recordarán, a mediados de 2019 la Primer Ministro Theresa May anunció su renuncia. El sistema británico permite que cualquier miembro del Parlamento pueda presentarse como candidato siempre y cuando sea apoyado por otros dos miembros provenientes del partido dominante (que en este caso, era del Partido Conservador).

Una vez conformada la lista total de candidatos, los mismos miembros del Parlamento pasan a votar y descartar en sucesivas elecciones al último en cada elección, hasta que quedan solo 2 candidatos posibles. En esa instancia todos los miembros registrados del partido, que en el caso del Partido Conservador Británico son aproximadamente unos 150.000, deciden quién será ungido como el siguiente Primer Ministro. Demás está decir que este proceso “democrático” se produce en una Gran Bretaña donde viven más de 66 millones de personas.

Queda claro que el ejemplo vale por su obviedad, pero se repite en mayor o menor medida, en casi todas las democracias modernas. Pueden cambiar los métodos (aparente u obvios), y las explicaciones o justificaciones, pero el resultado es bastante parecido.

Volviendo a lo que concierne a nuestra experiencia online, la realidad es que Big Data es Big Business y eso es muy bueno, pero también puede generar inconvenientes. Ya hemos visto que nuestras elecciones no son verdaderamente ilimitadas, pero a eso debemos sumarle desde la potencial discriminación, al mal uso de la información personal, pasando por la manipulación política y social, y la generación de errores y descuidos sobre la información personal que nos pueden afectar en el momento, o mucho tiempo después. Todos estos son inconvenientes que ya han recibido mucha atención y que todos, de alguna manera, conocemos.

Pero un tema que queda generalmente un poco bajo el radar, es el del agregado de la fuerte influencia que ejercen nuestros dobles en nosotros, y lo que representan en términos de las modificaciones de lo que hubiesen sido nuestras acciones sin esas sugestiones o presiones.

Podemos argumentar que casi no existe decisión sin influencia, y eso es totalmente cierto. Pero es, al menos incómodo, pensar que otras personas con gustos similares están gradualmente modificando lo que hago, y que de hecho, otros están aprovechando ese proceso para impulsar una mimetización forzada entre nosotros que facilite aspectos comerciales ajenos a nuestras vidas.

Cuando llevamos adelante ejercicios en grupos de trabajo sobre temas de negociación, siempre estamos atentos a evitar lo que se denomina en inglés groupthinking, o pensamiento grupal. Esa actitud genera problemas, porque unos pocos terminan forzando opiniones sobre aquellos que cuentan con menos voz, o menor capacidad de defender sus posturas.

A su manera, este proceso de retroalimentación de doppelgängers virtuales, pero igualmente reales, me genera una sensación de similar preocupación.

Una manera de evitarlo es, simplemente, saber que esto ocurre y de manera consciente ir siempre mucho más allá de lo que nos sugieren. Vivimos en la era de la información y del conocimiento, y nuestra salvación es la de absorber la mayor cantidad de conocimiento posible, así como la de mantenernos lo más informados que podamos.

Disfrutar de este gran momento de la historia, requiere también que aprendamos la valiosa lección de la película de los Muppets. No dejemos que nos pase lo que le ocurrió a Kermit, y no permitamos que un Constantine (el Kermit oscuro) se apodere de nuestras vidas y reemplace nuestra capacidad de vivirla de acuerdo con nuestro (relativo) libre albedrío.

Mientras lo positivo es que la tecnología unifica, al proporcionar acceso universal a la información, también y por su propia naturaleza, tiende a estandarizarnos. Es por eso que el futuro necesariamente demanda que, no solo compartamos valores comunes, sino también que sepamos marcar esas diferencias que nos hacen únicos, y también algo impredecibles.

IA

Publicado como artículo por el autor originalmente en Linkedin Pulse en 2019.

© 2019 by Ignacio Alperin Bruvera

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(S) Ignacio Alperin nació en Argentina, creció en Australia y vivió temporariamente en varios países alrededor del mundo. Posee una experiencia internacional extensa, y diversa, obtenida en una carrera profesional alejada de lo lineal. Hoy en día es Profesor de Entrepreneurship en los MBAs de la Universidad Católica Argentina (UCA), Profesor de Creatividad e Innovación (Grado) en UCA Internacional, es un Emprendedor serial, consultor, orador en eventos nacionales e internacionales, evangelista secular, y artista plástico.
(E) Ignacio Alperin was born in Argentina, grew up in Australia and lived temporarily in several countries around the world. He has extensive and diverse international experience, obtained in a professional career far from the linear. Nowadays he is Professor of Entrepreneurship in the MBAs of the Argentine Catholic University (UCA), Professor of Creativity and Innovation (Degree) in UCA International, a serial Entrepreneur, consultant, speaker in national and international events, secular evangelist, and an artist.

 

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