Y ahora….la “Fatiga de Zoom”​

(Artículo publicado originalmente en Pulse by Linkedin)

A mi me pasa como a Uds. Estamos cansados y estresados. El encierro, la incertidumbre, las malas noticias por una enfermedad que no terminamos de poner bajo control y encima de todo eso, la necesidad/imposición de trabajar y estudiar desde casa. Esto último se traduce, en muchos casos, en agendas repletas de reuniones por zoom. Esto se extiende hasta para las reuniones familiares, o los “encuentros” con amigos. Zoom es hoy parte de nuestras vidas (algo para lo que no había sido diseñado) y pareciera ser que como sea, y no importa con qué programa lo hagamos – Zoom, Blue Jeans, Facebook, Duo, Webex, etc.- esto va a seguir siendo así, en mayor o menor medida, hacia el futuro.

Por un lado, es una bendición. Podemos trabajar o estudiar sin movernos de casa. Es productivo, porque no perdemos tiempo en viajes, tránsito, estacionamientos, esperas y atrasos (no sé si notaron, pero estamos todos mucho más puntuales desde que utilizamos estas plataformas). Podemos utilizar mejor nuestro tiempo definitivamente, incluyendo que vestirnos para una reunión implica “de la cintura para arriba”. Hoy no es inusual el look el saco y camisa, sobre shorts y zapatillas de correr. En el verano, informal sobre traje de baño es definitivamente el look. En otras palabras, mucho menos trabajo.

Pero no todo es positivo. Desde ya, una encuesta realizada en los EEUU hacia fines del pasado año reveló que la mayoría de la gente que trabajó de manera remota durante 2020 consideraba que, en lugar de trabajar menos, habían agregado al menos 6 horas más de trabajo semanal. Es esa relación entre sentirnos liberados, y darnos cuenta que aparecieron de la nada cadenas que antes no estaban allí.

Pero hay un tema más importante. Lo que se ha dado por denominar “Fatiga de Zoom”. Un año después, ya no nos parece tan divertido como al principio. Nos cuesta concentrarnos, a algunos les cuesta mantener, y por sobre todas las cosas, en general nos estresa de sobremanera. Esto es lo que considera el profesor de Stanford Jeremy Bailenson en un reciente trabajo (“Nonverbal overload: A theoretical argument for the causes of Zoon fatigue” publicado en Technology, Mind and Behaviour). Él agrega que no solamente cansa y estresa. Dice también que afecta nuestro cerebro generando reacciones inusuales entre las que se encuentra esta fatiga tecnológica.

De hecho cataloga algunas causas primordiales para esta reacción. La primera sorprende, pero cuando uno lo piensa mejor, tiene todo el sentido del mundo. Bailenson argumenta que entrar a una reunión por Zoom a las 9 de la mañana activa nuestro sentido de “pelear o volar -o escapar-” (fight or flight en inglés). Esta es una reacción muy normal que tiene todo ser humano ante situaciones de peligro.

Argumenta que si uno a la mañana llega al trabajo y se sube a un ascensor con mucha gente, lo que naturalmente hace es mirar hacia abajo o bien hacia arriba. De esa manera se evita la vista directa y cercana del resto de los ocupantes, algo que de otra manera el cerebro interpretaría como intuitivamente confrontativa. De no ser así, esas miradas fijas dispararían nuestro instinto de “pelear o volar”.

Sin embargo, en una reunión de Zoom, digamos que en el mismo horario, esas miradas son imposibles de evitar. Generalmente estamos frente a 1, 5, o 20 personas que aparentan mirarnos fijamente en la cuadrícula. Y por ende, nos estresamos y muchas veces, o nos ponemos más agresivos que de costumbre, o estamos desesperados por irnos. En otros casos, y para evitar la confrontación, no prestamos atención (que sería el equivalente a mirar hacia abajo). El resultado esencial, es mayor estrés.

Otro tema que nos agota, es el hecho de que se torna muy difícil entender las señales no verbales en una pantalla. En un ámbito social, intuitivamente y por aprendizaje, tenemos una caja de herramientas a disposición que nos permiten “leer” el lugar y las pequeñas diferencias expresivas no verbales que se producen en nuestros interlocutores. En una pantalla se puede hacer mucho de esto, pero requiere de un aprendizaje (la policía de todo el mundo tiene analistas que miran continuamente videos en busca de pequeñas señales no verbales que delaten situaciones). Pero es un hecho que la mayoría de nosotros no estamos acostumbrados a hacerlo, ni contamos con esa formación.

El resultado son enojos injustificados, malas interpretaciones de situaciones inocentes, o inocentes interpretaciones de situaciones poco agradables y por sobre todas las cosas, la necesidad de poner un mayor esfuerzo para armar la “foto” final luego de una reunión. A eso podemos agregar que en el ámbito de la interpretación verbal, hay inconvenientes también. El estudio concluye que la gente habla 15% más fuerte (mayor volumen) cuando interactúa por video que cuando lo hace en persona. Esto es una mezcla de estrés y de temor a no ser escuchado del otro lado. Pero una reunión nos cansa también porque encima de todo lo anterior, a veces sentimos que nos gritaron por 40 minutos.

Otro tema que estresa, aunque el narciso que tenemos adentro sea fuerte, es el hecho de vernos en cámara constantemente. Bailenson dice “imaginen tener una persona que nos sigue todo el día con un espejo”… es algo así. Pero en este caso es algo que se produce como un proceso natural relacionado a cada reunión. Yo tengo la tendencia a apagar la cámara luego de presentarme y prenderla sólo cuando quiero tomar la palabra. Siento que estresa menos a mi interlocutor. Pero es un hecho que en muchos casos, eso no es posible (o bien por respeto, o por reglas como en el colegio o la universidad).

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Está perfectamente comprobado, que dado el estrés que nos generan todas esas caras mirándonos desde la pantalla, otra tendencia para escaparle a la intimidación de todas esas miradas es desviar la vista hacia el cuadradito en el que está nuestra propia imagen y analizar cómo nos vemos. Desde si la sonrisa se ve real, a si esta mañana nos levantamos con más ojeras, o si las arrugas se ven, o si cada vez se nota más que tenemos menos pelo. Cualquiera fuera la razón, el resultado es evitar un estrés para reemplazarlo por otro.

Esta constante autoevaluación de nuestra apariencia -a lo que se le agrega que nos hablamos a nosotros mismos al no mirar a los demás- , es una importante fuente de ansiedad. Está también demostrado por estudios empíricos, que ese estrés es mayor en mujeres que en hombres. De hecho se ha comprobado durante 2020 que ese autoanálisis constante de nuestra imagen es muy contraproducente, particularmente en mujeres con tendencia a la depresión, ya que les prepara el camino para que ésta se haga presente.

Finalmente, pese a que asociamos la posibilidad de hacer reuniones virtuales con la libertad de estar en casa, cómodos y así “deshacernos” de esa reunión mensual lo más rápido posible, en la práctica, este modo de trabajar nos termina generando la sensación de sentirnos atrapados. En una reunión normal, nos movemos, caminamos, nos levantamos y nos sentamos. Físicamente cambiamos el ángulo desde donde presentamos conceptos e ideas. En una reunión virtual, debemos mantenernos dentro de los límites de la cámara y por ende, de la pantalla.

Yo siempre hablo en mis charlas de creatividad, sobre la importancia de caminar, movernos, o como se dice comúnmente, “despejarnos” para poder sacar nuevas ideas. Estas reuniones nos obligan a estar sentados por horas en posiciones muy limitadas por la tecnología. Como mucho movemos las manos o la cabeza. El resultado es frustrante, cansador, y muy poco apto para generar nuevas ideas. Como dice el estudio, este tipo de reuniones están seteadas para no permitirnos pensar por fuera de los límites tradicionales (ni de la pantalla).

Lamentablemente, vamos a seguir así, o en reuniones híbridas, de acá hacia el futuro. Pero es probable que la tecnología empiece a permitirnos algunas libertades (de movimiento para empezar), que hagan más llevadero este proceso. Mientras tanto, e profesor Bailenson tiene algunas recomendaciones en su trabajo también.

Por un lado, recomienda que tratemos de usar una cámara externa en lugar de la cámara de nuestro teléfono o notebook. La idea es vernos desde diferentes ángulos en lugar de simplemente de frente. Ya que estamos, también recomienda colapsar nuestra propia imagen en pantalla, para no vernos y no estar analizándonos minuciosamente todo el tiempo.

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Otra opción que yo les propongo, es hacer lo opuesto a lo que normalmente hacemos. Por lo general, nos hemos acostumbrado a tener un lugar “Zoom”. O sea, un lugar fijo donde presentamos todas nuestras reuniones virtuales. Yo he encontrado que si cambio continuamente el lugar físico en el que me encuentro, cada dos reuniones por ejemplo, enfrento esas reuniones con otra frescura, y nuestros interlocutores también nos ven en una luz diferente, en otro ámbito, desde otro ángulo y con diferente sonido ambiente. Eso renueva lo que se ha vuelto tedioso.

Finalmente el estudio habla de algo tan simple como mezclar el tipo de reuniones. En otras palabras, hacer algunas por teléfono o WhatsApp, y otras por Zoom (o lo que usemos). Las reuniones telefónicas nos permiten caminar y relajarnos. Por lo tanto son mucho más efectivas desde el punto de vista creativo y son más efectivas para cierto tipo de discusiones.

De todos modos, lo importante aquí es comprender que está en nosotros mejorar y superar esta fatiga. Una sensación que, como habrán visto, tiene poco que ver con temas relacionados a las características personales de cada uno. Pero sí tiene raíces en las limitaciones a las que nos hemos visto empujados por las restricciones de una tecnología novedosa para el público en general, y de los requerimientos de una época inusual que ha forzado muchos cambios en nuestras vidas. Cambios que, tal vez, han llegado para quedarse.

I.A.

PD: Y ya que estamos, siempre recuerden esto. En persona, por teléfono, WhatsApp, Zoom o lo que usen para comunicarse…

Ignacio Alperin nació en Argentina, creció en Australia y vivió temporariamente en varios países alrededor del mundo. Posee una experiencia internacional extensa, y diversa, obtenida en una carrera profesional alejada de lo lineal. Hoy en día es Profesor de Entrepreneurship en los MBAs de la Universidad Católica Argentina (UCA), Profesor de Creatividad e Innovación (Grado) en UCA Internacional, es un Emprendedor serial, consultor, orador en eventos nacionales e internacionales, y artista plástico.

Ignacio Alperin was born in Argentina, grew up in Australia and lived temporarily in several countries around the world. He has extensive and diverse international experience, obtained in a professional career far from the linear. Nowadays he is Professor of Entrepreneurship in the MBAs of the Argentine Catholic University (UCA), Professor of Creativity and Innovation (Degree) in UCA International, a serial Entrepreneur, consultant, speaker in national and international events, and an artist.

© 2021 Ignacio Alperin

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