Un virus que también ataca nuestros debilitados liderazgos positivos a nivel global

Como todos sabemos, hay una nueva realidad en el mundo. La vida tiende a descolocarnos muchas veces, y lo que podría haber parecido normal y razonable hace meses o semanas, puede sentirse rápidamente fuera de lugar hoy.
Siempre escribo sobre la importancia de comprender la rapidez con la que está cambiando todo. Y como debemos ser más creativos, innovadores, abiertos, flexibles, y hambrientos de conocimiento, para estar mejor preparados a montar esta ola que se mueve a gran velocidad.

Sin embargo, y como sucede con cualquiera de nosotros, el cambio llegó incluso más rápido de lo que predije, y terminó dejando mis pensamientos agotados mientras intentan ponerse a la par de una acelerada realidad.
Y entonces, aquí estoy. Enfrentando como muchos, la actualidad como un enigma, mientras visualizo un horizonte repleto de signos de interrogación.

No es que lo que está sucediendo con este evento de proporciones pandémicas sea inesperado. Bill Gates, en su charla TED de 2015, ya dijo que la energía nuclear no debería ser nuestra preocupación más apremiante. Los virus deberían ocupar ese lugar, y advirtió que habíamos hecho muy poco – y malgastado mucho dinero- en las últimas décadas en comparación con lo que podríamos haber hecho.

Poco tiempo antes, expertos de la Universidad de Edimburgo habían ya identificado 37 virus zoonóticos (incluidos algunos coronavirus como MERS) que tenían el potencial de convertirse en epidemias globales. Mientras en 2014, el entonces presidente Barack Obama ya había dicho que tal vez en 4 o 5 años estuviésemos enfrentando una pandemia (en ese momento su preocupación era el ébola), y que debíamos prepararnos. Esto solo por mencionar 2 o 3 de las decenas de trabajos, estudios y discursos que sobre el tema se han presentado en los últimos 20 años al menos.

Sin pretender minimizar lo acertado de las oportunas advertencias de Gates, Obama, y otros, es un hecho que los virus de proporciones pandémicas han causado pérdidas masivas (tanto en términos de vidas como a la economía mundial) a lo largo de la historia.

Desde la peste negra, que acabó con aproximadamente 200 millones de personas en el Siglo XIV (o aproximadamente la mitad de la presunta población del planeta en ese momento), pasando por la viruela y la mal llamada gripe española con más de 50 millones de muertes cada una, el HIV/SIDA con aproximadamente 35 millones de muertes hasta la fecha, pasando por las gripes asiáticas, rusa y de Hong Kong, la fiebre amarilla, la malaria, el ébola, el cólera, MERS y SARS, solo por mencionar algunas, la civilización ha estado siempre jaqueada por los más pequeño de nuestros enemigos.

Lo que parece ser tan preocupante de este brote de Covid-19, es que en esta era de grandes avances tecnológicos, comunicaciones veloces y masivas, inteligencia artificial, y bienestar general, los gobiernos y dirigencias de nuestro planeta hayan sido sorprendidos por el mismo tipo de tormenta que, por experiencia compartida, sabemos que siempre se está gestando, y finalmente descargándose de alguna manera sobre nosotros.

Es como si las diferentes epidemias que nos han afectado en los últimos 70 años en particular (gripe asiática, VIH/SIDA, gripe de Hong Kong, ébola, MERS, H1N1 y SARS) no nos hayan enseñado lo suficiente sobre la importancia de estar atentos, de estar preparados, sobre la importancia de fomentar la investigación mundial compartida sobre la creación de vacunas totales contra enfermedades ya conocidas como la influenza, las generadas por el coronavirus, y el cáncer, por ejemplo, y sobre la propagación y la enseñanza constante de reglas básicas de higiene pública e individual, que no son otra cosa que el producto combinado de la experiencia humana durante siglos.

Como sociedades, pareciéramos estar actuando de manera espasmódica, en el mejor de los casos. Y aunque tengamos éxito en detener esta pandemia, algo que descuento y espero que ocurra antes que después, genera dudas -considerando otras experiencias recientes- pensar que esta vez sí logremos aprender la lección principal que un evento de estas características nos enseña, y que en cambio, terminemos retornando a nuestro “normalidad”, y gastando nuestro exceso de riqueza en inversiones que pueden no ser tan importantes, como sí lo es, nuestra viabilidad futura como especie.

Como agregado a este mix de decisiones desacertadas y desatenciones varias, podemos agregar en las últimas semanas que gobiernos y gobernantes de diferentes partes del mundo, presionados por las obvias consecuencias económicas de una situación así, hayan decidido, en muchos casos, terminar con la pandemia por medio de decretos, leyes, y ordenanzas. Y nosotros en muchos casos, hemos obedecido, como si un virus se tomara el “finde”, no fuera a la playa, o solo saliera en horarios predeterminados.

Cuando nos fijamos en lo que está sucediendo hoy en día, más nuestra experiencia reciente en eventos similares, y lo que nos han enseñado y hemos aprendido en gestión de organizaciones y de crisis, una palabra se me presenta como el hilo conductor de todos estos síntomas y falencias que estamos describiendo.

Y la palabra es… liderazgo.

Los hechos que enfrentamos, parecieran apuntar, entre otras cosas, a una importante falla común en lo que respecta a nuestra adaptabilidad al futuro (future learning), y a la conducción colaborativa y efectiva en estos casos.
En el ámbito de la política particularmente, pero también en la actividad privada, se le da demasiada importancia a lo que es urgente, a veces con un cierto grado de razonabilidad y otras simplemente respondiendo a las urgencias electorales o accionarias, de humor social puntual, o a lo que tiene sentido para nuestro bienestar material financiero de corto plazo, mientras relegamos muchas decisiones que tienen mucho que ver con nuestra subsistencia a largo plazo.

Si hay algo que los humanos somos como especie, es resilientes y creativos. Pero para llegar a eso, debemos garantizar de alguna manera y en la medida de lo posible, nuestra supervivencia como civilización.

El liderazgo es una cualidad tanto innata como aprendida. No todos tienen la capacidad de liderar, ni la inclinación a tomar esa responsabilidad. E incluso, pese a que tuviesen dicha inclinación, la idea de liderazgo es tan cambiante como la realidad, y de hecho, ha significado muchas cosas diferentes a lo largo de la historia. En mi caso, y como una parte pequeña de un MBA como el de la Escuela de Negocios de Universidad Católica Argentina, siento que estos temas forman parte de nuestro día a día, y es por eso que me incitan a la reflexión.

Tal vez muchos de Uds. ya lo sepan, pero la primera Escuela de Negocios se creó en la Universidad de Pennsylvania (Wharton, en 1881). En 1900, Tuck se forma en Dartmouth, mientras que en 1908, Harvard entra a la escena enseñando a su primera camada técnicas basadas en la gestión científica de Taylor. Pero es en 1930, que Sloan presenta su primer programa de “Gestión y Liderazgo”, combinando conocimientos, y marcando el camino hacia lo que se convertiría en una parte esencial de todos los programas modernos de MBA .

Hoy en día, una parte medular de la experiencia de aprendizaje en un MBA, combina la gestión, la creatividad, la innovación, el trabajo en equipo, con herramientas financieras, y con una comprensión profunda y mutante del papel del liderazgo, a medida que recopilamos la experiencia que nos han brindado los últimos 90 años de enseñanza e investigación.

Visto desde este punto de vista, y a la luz de la descripción general de nuestra situación actual, a uno se le ocurre que tal vez sería una buena idea que en el futuro, nos propongamos elegir dirigentes (particularmente en términos de lo público en este caso) que, no solo aparenten tener respeto por la ética, el bien común, y el correcto desempeño de sus funciones específicas, sino que posean las herramientas -provengan estas de un MBA, una formación superior similar, o de una experiencia personal alternativa aunque no haya título presente- que los equipe con el conocimiento requerido para administrar los bienes públicos o privados, y para liderar en un mundo tan complejo y cambiante.

Y en ese sentido, siento que un MBA, sin importar cuál sea nuestra profesión inicial, es una forma de agregar conocimiento sobre gestión, sobre marketing, sobre trabajo en equipo, sobre preneurship, sobre pensamiento creativo e innovador y sobre el verdadero liderazgo del siglo XXI, que de otro modo no los podríamos obtener en tan poco tiempo, y si eso fuera posible, en muy pocos lugares.

Pero inclusive, más allá de un posgrado en particular o nuestro grado de educación específica, queda claro que hasta no hace mucho (fines del siglo XX), y siguiendo con la idea de la mutación constante del concepto, el liderazgo implicaba algo muy diferente a lo que significa hoy.

Tradicionalmente, se basaba en una inspiración heroica. El líder era un experto que guiaba a todos como un general mueve a sus tropas a conquistar el próximo objetivo. Él o ella, eran especialistas que se destacaban por ser predecibles, audaces cuando era necesario, y se concentraban exitosamente en la obtención de resultados.

Hoy, todavía necesitamos resultados, eso no ha cambiado. Y ser audaz sigue siendo una cualidad buscada. Pero la forma en la que debemos actuar, en general, ha cambiado dramáticamente. Nuestro papel ahora es reunir, inspirar, y administrar equipos cuyos propósitos sean los de fomentar ciclos de crecimiento.

El líder ya no es necesariamente “el” experto, sino alguien con un conocimiento general de las actividades, con fuertes habilidades creativas y dominio de la gestión de equipos, que le permitan a él o ella liderar a través de diferentes y diversos espacios, sin perder nunca el propósito y ni los valores centrales de la organización, cuidando sus assets (humanos y técnicos), mientras facilita la planificación de la próxima ola, y se da el permiso de “ver” el futuro de su negocio y de la sociedad en general.

Por lo tanto, lo urgente tiene un lugar, pero la sostenibilidad y el crecimiento orgánico son igualmente importantes. Formar equipos que puedan trabajar de manera independiente, creativa, innovadora, con urgencia empresarial, y al mismo tiempo vinculados al propósito común de la organización, también forma parte del conjunto de habilidades.
No hay un solo título profesional que nos facilite estas cualidades y conocimientos. El ejemplo de la crisis actual basta para demostrar nuestras falencias decisorias.

De allí la urgente necesidad de continuar aprendiendo. Y es en esos momentos, que las cualidades de liderazgo y conocimiento deben asimilar muchos de los atributos que parecen faltar con tanta frecuencia en nuestros niveles dirigenciales, tanto en la actividad pública como privada.

Para lograr esto, un líder del Siglo XXI debería tener el ADN de un Miguel Ángel, el conocimiento estructurado de un científico, y la visión del futuro que le dé coherencia a un entorno en constante cambio. Pero nada de lo mencionado hasta ahora funcionaría, si no promoviéramos también un verdadero sentido de comunidad, y una compenetración sincera y real con el bien común y los propósitos compartidos. Estas son cualidades que conforman, en parte, las mejores nociones de resiliencia y sustentabilidad organizacional.

Alguien dijo una vez:

“Me gustaría ayudar a todos… En este mundo hay espacio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer para todos. Esta vida puede ser libre y hermosa, pero hemos perdido el camino. La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha barricado al mundo con odio, nos ha marchado hacia la miseria y el derramamiento de sangre. Hemos desarrollado todo con cada vez mayor velocidad, pero al mismo tiempo nos hemos encerrado. La tecnología que nos provee abundancia nos ha dejado en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, se ha convertido en dura y cruel. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Mas que máquinas, necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y gentileza. Porque sin estas cualidades, la vida sería violenta y todo se perdería … (La globalización y las comunicaciones?) nos hacen sentir más cercanos, pero la verdadera naturaleza de inventos como estos exige de nosotros bondad humana, y exige de hermandad universal que nos una a todos en lugar de separarnos.”

No la busquen. No es una cita de Steve Jobs, ni de Peter Drucker, Tom Peters, o de Clayton Christensen. Esto fue escrito para la película “El gran dictador (1940) por Charlie Chaplin, y es el último discurso en su satírica comedia sobre un barbero, quien es forzado a hacerse pasar por la figura de líder supremo de un ficticio régimen totalitario, y quien en el último minuto, encuentra el coraje para rebelarse a la violencia, hablando directo desde el corazón y en contra de su propio instinto de supervivencia. Es en ese momento donde el barbero realmente se convierte en un líder inspirador.

A pesar de que han transcurrido 80 años, algunas de estas palabras aún representan nuestras aspiraciones de verdadero liderazgo y de una sociedad mejor. Por eso es posible que estos conceptos inclusive calen todavía hoy tan hondo como en aquel entonces.

Claramente, ya es hora de que hablemos mucho más sobre “nosotros”, y mucho menos acerca de “yo”. Tal vez los hechos, ciertamente dramáticos, de estos días nos dejen una importante enseñanza, y sirvan de alguna manera como catalizadores de una nueva visión común que nos una, y al mismo tiempo nos aleje de un nuevo aislacionismo que ya era incipiente.

Está en cada uno de nosotros, desde dónde nos toque, pegar ese salto que deje atrás muchos de nuestros repetidos y obvios errores como sociedad, y nos permita evolucionar de manera armónica, hacia un mundo más integrado y menos desigual. Y dentro de ese cambio de actitudes, por qué no aprovechar el momento, y enfocarnos a encontrar y promover esos liderazgos que sean diferentes y acordes a esta nueva época. Porque nos guste o no, el mundo que manejábamos hasta hace poco ha cambiado visiblemente, y nos pide a gritos que nosotros hagamos lo mismo.

Ignacio Alperin

Ignacio Alperin nació en Argentina, creció en Australia y vivió temporariamente en varios países alrededor del mundo. Posee una experiencia internacional extensa, y diversa, obtenida en una carrera profesional alejada de lo lineal. Hoy en día es Profesor de Entrepreneurship en los MBAs de la Universidad Católica Argentina (UCA), Profesor de Creatividad e Innovación (Grado) en UCA Internacional, es un Emprendedor serial, consultor, orador en eventos nacionales e internacionales, y artista plástico.
Ignacio Alperin was born in Argentina, grew up in Australia and lived temporarily in several countries around the world. He has extensive and diverse international experience, obtained in a professional career far from the linear. Nowadays he is Professor of Entrepreneurship in the MBAs of the Argentine Catholic University (UCA), Professor of Creativity and Innovation (Degree) in UCA International, a serial Entrepreneur, consultant, speaker in national and international events, and an artist.
© 2020 Ignacio Alperin

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