DEL “NAZI DE LA SOPA” AL “NAZI DEL ARTE”

Hace ya unos años, escribí un artículo con un nombre llamativo. “Facing the Art Nazi” (enfrentando al nazi del arte) era una elíptica referencia a un sketch muy celebrado en la comedia televisiva “Seinfeld” que involucraba a quien Jerry llamaba “The soup Nazi” (el nazi de la sopa).

Este era un personaje casi caricaturesco. Un brillante cocinero que preparaba las sopas más ricas de New York, pero que era tan locamente estricto con detalles relacionados a los ingredientes y a la manera de solicitar sus sopas, que si alguien se salía de ese molde, le gritaba inmediatamente “No hay más sopa para vos, afuera!” (“No more soup for you! Get out!”)

Ultimamente he visto que el artículo original ha recibido numerosas lecturas, por lo que decidí traducirlo al español para aquellos que prefieran leerlo en nuestro idioma.

Espero que lo disfruten:

Sabés que hay cosas que amás. Las ves, las tocas, pueden hacerte sentir feliz, incómodo, pueden llevarte de nuevo a tu infancia o hacerte pensar en el sentido de la vida, incluso te pueden alegrar o entristecer. Sin embargo, pese a que no todo parece ser perfecto, igualmente las amas.

Fusionada (2016) 40x32_IAB
Fused (2016) de Ignacio Alperin

Eso me pasa con muchas de las experiencias que tengo al visitar algunas galerías. Entro y veo cosas que simplemente disfruto. Como la mayoría de ustedes sabrán, soy artista plástico. Por eso me encanta ver lo que hacen los demás, cómo se expresan, sus técnicas, su expresividad sublime y sus fracasos masivos.

Todo es parte de la red planetaria de neuronas que todos compartimos como artistas. Si querés, sería algo así como dejar que el lado izquierdo de tu cerebro eche un vistazo a lo que está haciendo el lado derecho. En algunas ocasiones aprobarás lo que ves y otras no, pero la mayoría de las veces, probablemente pensarás “Eso es diferente, ¿por qué yo no pensé en eso?” (Mientras que en otras será algo más parecido a “Me alegro que nunca fui por este camino…“).

Hay tantos paradigmas visuales como habitantes en este planeta. Sin embargo, la libertad de expresar esas diferentes visiones del mundo no está tan simplemente disponibles. Los artistas somos, en general, personas muy sensibles, así como también claramente valientes. La verdad es que no todo el mundo está dispuesto a ofrecer su corazón para que alguien pueda pisotearlo. Los artistas hacemos eso una y otra vez y, puedo asegurarles, que siempre hay alguien listo para pisotear, saltar, retroceder sobre la víctima e incluso hacer algunos “wheelies” sobre el cadáver.

Pero aprendemos a sobrevivir con cierto estoicismo. A veces duele, pero no importa, porque también hemos aprendido que, la supervivencia, es fundamental para nuestro éxito. La mayoría de nosotros utilizará métodos básicos de defensa personal, como podría ser el de separar intelectualmente las opiniones sobre nuestro arte de las referencias personales (que son cosas diferentes de hecho, pero no siempre se desconectan fácilmente desde la visión del emisor ni del receptor).

La verdad es que, el arte, suele ser algo muy personal. Nuestra manera de expresarnos artísticamente es una parte de nuestro ser interior y que, expresado, simplemente cuelga en algún lugar para que la gente la vea y lo critique. Y así, en defensa propia, algunos de nosotros podemos recurrir a métodos de resistencia más inusuales. Pueden variar desde -se me ocurre- practicar vudú con un muñeco y una cuantas agujas (😊), a convertir a estos “pisoteadores” (creo que acabo de inventar una nueva palabra) parte de una exposición muy profunda sobre algo relacionado a las heces u otro objeto cuestionable.

Bromas aparte, está bastante claro que la crítica y, por tanto la recepción de comentarios adversos, es parte del negocio. Hay buenos comentarios también. Algunos amables, algunos duros, otros provocativos, pero en términos generales, buscan guiar, o descubrir lo cuestionable o dudoso de nuestro trabajo. Esto nos obliga a salir de ciertos lugares cuando nos hemos vuelto demasiados conscientes de nuestra propia presencia, o nos ayuda al invitarnos a parar la máquina cuando nos estamos alejando demasiado de nuestra esencia. También es importante reconocer que, más allá de todo esto, hay tantos críticos como personas que se detienen a observar nuestro trabajo (“Son todos críticos” como dice el viejo refrán del mundo del espectáculo).

Pero luego hay otra clase de espacio. En ese aparecen figuras más oscuras, que se mueven un poco en las sombras. A muchos de estos críticos les gusta ponerse en un lugar terminante. Cómo explicarlo…. imaginen “Endgame”, estamos en la batalla por la Tierra y Thanos manda a su ejercito a luchar contra nosotros… es una batalla a todo o nada, donde no todos van a sobrevivir y donde los que atacan no dudan en lastimar.

Estas personas con mucho gusto -y sin pensarlo detenidamente- destruyen sin piedad, transmiten lecciones -posiblemente perjeñadas por ellos mismos- sobre la forma “correcta” de hacer las cosas y la forma “incorrecta” de hacerlas, o incluso viven atascadas en algún estándar rígido y parsimonioso de manual de prácticas correctas -algo que ellos mismos han imaginado o presumido-.

Y no es que no esté de acuerdo con el hecho de que ciertas cosas no se deben hacer en nombre del arte. La gente que lastima a los animales, o a otras personas por ese hecho, o se burla de los débiles o frágiles en nombre del arte, me enferman. ¿Alguien puede llamar a eso arte? Claro, podés llamar arte lo que quieras. Pero ¿es arte? ¿más allá de la etiqueta? Y lo más importante, ¿debería hacerse? Desde mi concepción de las cosas, hay claramente temas y formas que se escapan de la definición (como dice Chris Rock: “Podésconducir un automóvil con los pies, pero eso no significa que sea algo que deba hacerse”).

Pero para esta gente, no se trata de criticar estas cosas. Se colocan en el papel de jueces del correcto paradigma ético y artístico, para luego proceder a destruir al pobre artista que se atreve a cruzar un teórico “Rubicón” estético, o al que resiste, permaneciendo en espacios visuales o estéticos con las que no está de acuerdo.

Algunos de estos críticos, aunque no todos por supuesto, incluso están de acuerdo con las locas acrobacias que descarté anteriormente porque las sienten expandiendo los límites del arte, o bien porque se presume que generan nuevos mercados, o una nueva “experiencia visual”. Y si eso implica cambiar sus propios y explicitados paradigmas en medio de la corriente, generalmente explicarán ese movimiento como su forma de evolucionar.

A estas personas las he rebautizado, al mejor estilo Seinfeld, como los “Nazis del arte”. Al igual que el amado “Soup Nazi” de su genial comedia, el nazi del arte es esa persona que tiene una visión tan estricta de lo que es o debería ser el arte, que dispara a matar cualquier cosa que no se ajuste a sus puntos de vista.

La verdad es que podemos encontrarlos en cualquier lugar. Incluso hay marchands y galeristas que también pertenecen a ese grupo. Y les puedo decir, no solo son difíciles para los artistas emergentes que acuden a ellos en busca de consejos y que son derribados y enviados al final de la línea imaginaria. También son el peor enemigo del joven aspirante a convertirse en artista y la pesadilla más difícil del artista consagrado.

“Qué tontería”, o la mirada de desdén y el típico “esto no es lo suficientemente bueno”, al caso extremo de “saca ESTO de mi galería” (todos casos verdaderos) no son infrecuentes. Estos reproches, que van directo a la yugular, resuenan en la pobre cabeza de los artistas, algunos de los cuales incluso se han desmoronado bajo el peso del martillo crítico del “Art Nazi”.

Todos tenemos el derecho a expresar que es lo que nos gusta o no, a criticar, ignorar o aplaudir. Pero coersionar un estilo, un artista o un mercado, para forzar una resolución aceptable en relación a una regla estética, económica, o creativa, es conceptualmente lo opuesto al arte. Sin embargo, es evidente que algunos egos deben ser alimentados, algunos mercados deben mantenerse limitados y algunas carreras impulsadas. Es así como los críticos de este estilo sobreviven y mantienen un estricto reinado sobre toda su área de influencia.

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La lección que uno aprende de todo esto es siempre la misma. Hay que tomarse el tiempo para escuchar, incluso si se trata de críticas duras. Pero aprendamos a distinguir entre un crítico duro y un “nazi del arte” hecho y derecho. En su caso, la forma de proceder, es simplemente la de ignorar sus dolorosos comentarios y seguir buscando otras vías de intercambio.

Lo principal es no perder la fe y seguir buscando a aquellos que finalmente comprenderán lo que estás tratando de decir, a aquellos que incluso pueden entender tu idea y tu expresión. Encuentra a aquellos que serán críticos, incluso sin descanso, pero siempre de buena fe. Son quienes se sorprenderán de tu libertad expresiva y que tu constante desprecio, o relativismo sobre algún paradigma aceptado, te haya permitido pasar a otra dimensión artística. En resumen, buscá a los que, con sus comentarios, te nutrirán de alguna manera, en lugar de que su expresión simplemente vaya a alimentar sus propios egos.

Hay mucha gente buena ahí fuera. Desde individuos amantes del arte, hasta expertos, críticos, periodistas, curadores, marchands, “conocedores” y propietarios de galerías que aman el arte un poco más que la “industria del arte”. Y aclaro que la industria artística es importantísima, pero si matamos al artista también matamos la industria.

Tal vez, a diferencia de los nazis de la sopa, es posible que estos críticos o galeristas intelectualmente honestos e interesados en la esencia de la expresión artistica y en el concepto de la libertad, no siempre tengan largas colas de personas en la puerta, todas listas para recibir sus brebajes. Pero estas son las personas que saben de lo que se trata el arte. Ellos son los que te guiarán y ayudarán a llegar lo más lejos posible con tu carrera.

Les insto a que los busquen. Estoy seguro que están esperando por Uds. y por su arte.

¡Hasta la proxima!

Ignacio

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©2016 by Ignacio Alperin Bruvera

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