ABSTRACTO SOBRE LO ABSTRACTO

Como artista que mayormente trabaja en la abstracción, vivo contestando preguntas como “?¿Y qué significa esto?”, “¿En qué estabas pensando cuando pintabas esta obra?”, o más difícil aún, “¿Yo veo tal cosa, está bien?”.

Pese a que la abstracción artística existe como tal hace más de 100 años, sigue siendo un tema de discusión e interpretación aún hoy.

Una obra donde no encontramos objetos que podamos reconocer abiertamente, en la que la estructura no replica algo conocido, y donde el mensaje se encuentra en un lugar que no es fácilmente descifrable, nos obliga a reconsiderar nuestra propia concepción de la imagen.

Ahora bien, la pregunta del millón sería, por qué tenemos que cambiar nuestro concepto y abrirlo hacia espacios que no reconocemos naturalmente. La respuesta, queda claro, no es simple pero prometo que no será vaga.

Hagamos un poco de historia.

El arte no saltó de un día al otro a la abstracción. De hecho, el proceso que implica quitar definición y diluir formas, luces y sombras buscando que el público defina los rasgos y los contenidos de ciertas áreas de una obra, es ciertamente un proceso bastante antiguo.

Sun Setting over a Lake c.1840 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Accepted by the nation as part of the Turner Bequest 1856 http://www.tate.org.uk/art/work/N04665

Podríamos ir más atrás, pero Turner en su obra “Sun setting over a Lake” (Puesta de sol sobre un lago) de 1840, nos presenta en muchos sentidos, una obra marcadamente abstracta ya que no reconocemos formas definidas ni estructuras muy utilizadas en esa época. Desde ya, es una obra muy alejada del arte “fotográfico” (por ponerle un título fácilmente comprensible y descriptivo). Otro ejemplo es el de Whistler, quien aproximadamente en 1875, resigna la fidelidad y se embarca en un espíritu abstracto con “Nocturne”. Y lo mismo podemos decir de otras obras de la época.

La llegada de la fotografía a fines del siglo XIX de la mano de Louis Daguerre -y sus luego denominados “daguerrotipos”- no afectaron en menor medida este cambio. La revolución industrial cambió la fisonomía de los centros poblacionales, y los objetos y la luz comenzaron a cambiar también a los ojos de los artistas de la época. La fotografía nos entregaba imágenes perfectas para la época y muchos artistas se preguntaban cuál sería el camino a seguir.

Claude Monet

Monet, sin lugar a dudas ayudado por su crecientes problemas de visión ya que sufría de cataratas (de hecho el gobierno Francés como parte de los honores al gran artista le “regala” en 1923 una de las primeras operaciones de cataratas de la historia), pinta en 1877 “Arribo del tren de Normandía”, una obra difusa y repleta de imágenes insinuadas. Seurat, mientras tanto, comienza a corromper la imagen al representarla de manera menos natural. Cézanne pese a una representación más realista, nuevamente “saca de foco” los objetos y simplifica sus formas, así como luces y las sombras. Mientras que Van Gogh abandona lo que existe por lo que ve e interpreta de una realidad todavía representada.

Así, y de manera gradual, la realidad comienza a deformarse y a representarse de diferentes maneras. Con la llegada del siglo XX ya todo es diferente. Picasso, Matisse, Kandinsky, Derain, Braque, Balla, o Malevich son artistas que de diferentes maneras, subvierten lo que ven y lo abstraen de la realidad obvia, arrastrándola hacia a un nuevo contexto que mezcla obviedad, con imaginación e interpretación subjetiva, y muchas veces, sentimientos espirituales o con influencias de la psicología. Otros como Duchamp se revelan ante la rigidez académica y desarrollan caminos de expresión novedosos.

Aquí es donde entra la escuela del Bauhaus, que mezcla el diseño, el arte y la arquitectura buscando un nuevo lenguaje estético. No voy a entrar en detalles sobre otras escuelas que influenciaron esta época a su manera, o que fueron influenciadas por la escuela del Bauhaus, pero lo importante es rescatar su importancia indirecta en el camino del arte hacia la abstracción en la pintura y ahora en la escultura (ver al ruso Vladimir Tatlin y sus obras como ejemplo). De hecho otro ruso, Rodchenko, declara ya en 1921, luego de sus 3 cuadrados de colores sólidos, que la representación en el arte ha muerto.

Jackson Pollock en acción

La abstracción crece y madura. Se convierte en una nueva definición de realismo para algunos, y en la segunda mitad del Siglo XX se expande en nuevos rumbos en Europa y en América. De Pollock y De Kooning, saltamos a Rauschemberg, Warhol, y luego Basquiat, Condo y hasta Jeff Koons.

Ya estamos mucho más cerca de la actualidad y es aquí donde me atrevo a mencionar un poco lo que ocurre con mi obra. La abstracción, ya crecida como concepto, estudiada como escuela, influenciada por quienes incursionan en un arte basado en el libre albedrío de las cosas (dejando caer colores donde caigan, por ejemplo), comienza a explorar la pregunta “y ahora, qué más?”. O sea, a dónde podemos ir y hasta dónde podremos llegar en nuestra exploración de la realidad, la imaginación, la forma y el color.

Esa búsqueda es la que a mi me inspiró a comenzar a pintar a los 12 años. Mi luego descubierta sinestesia colaborará en la incorporación de la música, y particularmente del Jazz, dentro de mi obra.

Esto no es único. De hecho el Jazz forma parte del movimiento abstracto desde hace muchas décadas, y tal vez la sinestesia también, ya que Kandinsky -por ejemplo- era también sinestésico y de hecho estudiaba “el sonido interior abstracto” de las formas.

Esa exploración es una exploración mayormente libre, pero con las bases de sustento que nos dan 200 años -o más- de desarrollo. Mondrian exploraba los colores primarios y las formas geométricas, Pollock trata de encontrar líneas de sustento artístico dentro del concepto de un libre albedrío controlado. Dentro del desarrollo del arte abstracto en la segunda mitad del Siglo XX, el Jazz asume una gran influencia dado que la improvisación es en el Jazz, paradójicamente, un concepto muy estudiado, mientras que es también una parte importantísima de la abstracción en el arte.

Mi obra, pese a que no hay intención de copia ni de repetición, es bautizada en una artículo por una bloguera norteamericana hace más de una década, como “Jazz Visual”. Ella interpreta correctamente que mi obra responde a una partitura bien aprendida pero que mi sinestesia me permite incorporar de una manera muy natural e imperceptible a primera vista las técnicas de los grandes músicos del Jazz, lo que agrega una nueva capa de improvisación -que incluye ritmo, cadencias, y movimientos- a la obra pictórica.

El resultado es muchas veces colorido, rítmico, siempre diferente pero de todos modos claramente reconocible como “mi partitura”. No importan entonces las diferencias que sobresalen de una obra a la otra, mientras hay una relación entre la emocionalidad, la musicalidad y la obra con el público, que sobrepasa los diferentes estilos de abstracción y cruza escuelas, en tanto fluye hacia resultados novedosos.

Recuerdo siempre con una sonrisa, y cierto cariño, a una señora canadiense extremadamente amable (como lo son los canadienses en general) que me habló con mucha emoción, hace ya más de 15 años, sobre una obra mía que había visto en la Web. Me contaba sobre lo fuerte que era la imagen, la cual ella me describía como mostrando al trabajador de la tierra arrastrando el duro yugo en la soledad de la tarde/noche.

Lo recuerdo vívidamente, ya que todavía hoy me cuesta entender, dónde vio a ese hombre trabajando el surco bajo el sol dentro de mi obra.

La abstracción tiene eso. Tiene un código secreto que se transmite directamente como un QR a la mente de quien lo mira. El resultado puede ser maravilloso, imaginativo, disparador de sentimientos profundos en quien observa, o simplemente puede llevarlo al desánimo que produce el no poder comprender lo que la imagen le quiere exponer a esa persona en particular.

Pero cuando el cerebro lo absorbe y lo interpreta, el artista y quien mira la obra han descubierto un camino que los une, un vehículo que los lleva a una exploración que se asemeja a la de una sonda espacial que arremete contra la nada buscando en el espacio el próximo gran descubrimiento.

Es por eso también que la abstracción es tan importante en otros rubros como la innovación tecnológica y los procesos creativos. Es un gran disparador, y como tal, un medio para explorar lo que deseemos indagar, o nos sorprende descubriendo que hay algo que investigar o aprender donde creíamos que no había ya nada más por ver.

La obra abstracta, en ese sentido, es capaz de dar siempre algo más. De hecho son constantes -y previsibles- los comentarios que recibo sobre los detalles que se van descubriendo en una obra años después de haber sido pintada. Tiene ese don tan particular de ser un nexo hacia lo que está más allá -o hacia lo que está mucho más profundamente escondido dentro nuestro-, pero siempre alejado del lugar obvio de la presencia formal.

Por esa misma razón, es muy probable que no pueda contestarles las preguntas que me hacen sobre la obra. Pero sí espero que después de leer este pequeño comentario, Uds. también busquen descubrir los mensajes que esconde la obra abstracta para cada uno de Uds. y encuentren allí mismo todas las respuestas a esas preguntas, y a las que nunca hubiesen siquiera imaginado.

Después de todo, el arte tiene ese mensaje superior. Es algo que es capaz de abstraernos del tiempo y del espacio, y de llevarnos a un plano diferente de la realidad en un viaje que merece ser disfrutado. Y es una línea del pensamiento y la creatividad humana con raíces históricas profundas que bien merecemos explorar.

Obra “Borgianus Kafkaris” por Ignacio Alperin (2016)

©2019 by Ignacio Alperin Bruvera

(Publicado como artículo en Linkedin / Originally published as an article on Linkedin on 03/07/2019)


Hasta la próxima

Ignacio

 

PhotoFunia TV interference Regular 2014-08-04 01 55 05

©2019 by Ignacio Alperin Bruvera

Ignacio Alperin Art
http://www.ignacioalperin.com
http://www.theartofthinkingoutloud.com

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