SE LLAMAN TODOS IGUAL, DEBEN SER TODOS LO MISMO

Estas líneas tienen un dejo de mea culpa. Soy una persona que desde hace años investiga los procesos creativos, y de hecho, enseño y hablo sobre la creatividad y la innovación. Uno, inocentemente influenciado por el hecho de estar hablando de estos temas, tal vez pierda noción de lo repetido que pueden ser estos términos, y lo mal utilizados que terminan siendo a medida que se expande su uso dentro de ciertos ámbitos.

Como reconocimiento de esta realidad, desde hace un tiempo incorporé a muchas de mis charlas la graciosa frase “ya me tienen podrido con el tema de la creatividad”. Ese exabrupto – más o menos fidedigno – fue expresado en medio de un aula de posgrado por un ingeniero exitoso a quien, minutos después, descubrimos que la empresa para la que trabajaba como Director de Producción le reclamaba cambiar y ser más “creativo”. Estas exigencias son tan amplias que muchas veces se pierde la noción de lo que nos quieren decir. Y es verdad que cuando todo se expresa de la misma manera, es probable que pierda relativo valor e importancia su significado.

Volviendo al caso de mi alumno, con quien luego de su momentánea descarga emocional, terminamos todos riéndonos -y de hecho al finalizar el curso me pidió más libros para leer-, yo puedo entender parte de esa frustración. Es algo más común en posgrados que en otras circunstancias porque estamos hablando de personas relativamente exitosas que sienten que su éxito se lo deben a su esfuerzo, y a haber trabajado de una cierta manera. Pero de golpe, se encuentran con que un día alguien le empieza a exigir cambios para seguir creciendo. Y muchas veces, no entienden por qué. Después de todo, su método es el que los llevó a ese lugar de liderazgo que los elevó por encima de otros colegas suyos.

Explicando este sentimiento desde un lugar facil de entender, digamos que muchos profesionales se sienten como dentro de una de esas relaciones en la que dos personas se enamoran perdidamente y todo parece maravilloso, hasta que pasado un tiempo, uno de los dos empieza a pedirle al otro que sea diferente y que cambie. Y el otro de golpe piensa, “No entiendo nada. Se enamoró de mi porque yo era así, y yo no soy asá. Para eso se hubiese casado con otro”.

La palabra creatividad implica muchas cosas, lo mismo que ser creativo. Y es cierto que no todos nos sentimos capaces de explorar nuestros dones libremente. Pero hasta quienes sienten, por opción o educación, cierta invalidez creativa (son muchos, producto de teorías que han probado ser erróneas), descubrirán que trabajando estos temas de manera enfocada pueden lograr ser mucho más flexibles, ingeniosos, productivos, y – si me permiten- mucho más innovadores de lo que jamás hubiesen imaginado.

Una situación parecida es la que ocurre con el término innovación. De hecho, la vida es un proceso innovador por definición, y esas modificaciones constantes en nuestra manera de hacer y vivir las cosas, las hacemos todos conciente o inconscientemente. Pero está claro que ya existe una especie de cansancio en los ámbitos profesionales donde manejamos estas terminologías debido a su repetición constante. Y de hecho, en la actualidad ya contamos con mediciones sobre el stress -y la rebeldía – que generan dentro de las organizaciones exigir a sus miembros creatividad, y por sobre todo, que sean innovadores.

Para empezar, esto no debiera sorprendernos. Los seres humanos encontramos tranquilidad y confianza cuando hacemos algo que ya hemos hecho. El cerebro se resiste a lo distinto hasta que pueda verificar que es “seguro”, que es positivo, que implica una mejoría, o que produce un resultado placentero o beneficioso. Y eso se obtiene con la repetición. Lo nuevo es un camino desconocido, aunque sea parcialmente. Y por esa razón, es que nos cuesta tanto a todos cambiar, sin importar el rubro o el ámbito.

Pero también podemos decir, que el hecho de describir muchas cosas de la misma manera, no implica de por sí que todo sea lo mismo. Pueden existir aristas con similitudes entre ellas, pero en la práctica podemos evitar ese cansancio y esa resistencia al cambio, si paradójicamente, somos nosotros -quines tenemos muchas veces la responsabilidad de liderar estos procesos- los que cambiamos, evolucionamos, corregimos, repensamos los términos, y tratamos de salir de estos lugares comunes.

Hace un tiempo escribí un artículo publicado en Pulse/Linkedin y en mi Blog personal (www.theartofthinkingoutloud.com) sobre la importancia de las palabras y cómo éstas afectan nuestra realidad (https://www.linkedin.com/pulse/sobre-las-palabras-afectan-nuestra-realidad-ignacio-alper%C3%ADn-bruvera/ ). En ese pequeño artículo dedicado a la pandemia, hablaba del peso propio y del valor psicológico que tiene un nombre, y de hecho invitaba a sacarle la importancia (yo proponía allí sacarle la “corona”) al coronavirus, y llamarlo por el nombre científico que le dimos los seres humanos, que es Covid -19, como una manera de ponerlo bajo nuestro relativo control.

Aquí sucede algo parecido. Hay datos que corroboran que la palabra innovación genera hoy reluctancia, no solo la conocida que afecta a los consumidores a quienes les cuesta adaptarse a lo nuevo, sino también internamente afectando la eficiencia y la flexibilidad dentro de muchas organizaciones. Este efecto no se produce por lo que implica, sino porque es tan amplio que genera stress por el simple hecho de preguntarse “Y ahora con qué se vienen?”. Para peor, la intención puede ser tan revolucionaria como encontrar una nueva manera de hacer nuestro trabajo, hasta algo tan trivial como ordenar los “breaks” para poder utilizar mejor nuestro tiempo (Ver “Forced” adoption of innovations in organizations: Consequences and implications – ScienceDirect).

Otra de las principales razones por la que la palabra innovación ha ido generando oposición y temor organizacional, es que innovar implica transformar. Y como mencioné anteriormente, cambiar es algo que nos cuesta a todos. Pero cambiar dentro de una empresa por ejemplo, a diferencia de elegir si dejo de comprar helado de chocolate como siempre y me juego a probar el de Malbec, implica tomar un riesgo mucho mayor porque es un riesgo que puede afectar a otros. Por ende, el tomarlo es jugarse a quedar en ridículo delante de otros si la apuesta sale mal. Y eso es algo que le cuesta tanto a una gran corporación, como a un gobierno o a un club de futbol, y ni hablar lo que complica a un individuo a quien una decisión mal tomada puede costarle la carrera, o al menos la posibilidad de crecer dentro de una empresa a mayor velocidad.

Hay cifras de diferentes fuentes que corroboran esto, pero digamos que un promedio aproximado de los estudios realizados sobre el tema, hablan de una limitada voluntad de los empleados de empresas a tomar riesgos. Entre un 75% a un 80% de las personas que trabajan dentro de estructuras corporativas en empresas del primer mundo – que están entre las más innovadoras del planeta- le escapan a los riesgos, y por ende, podemos asumir que a las propuestas innovadoras. Y en empresas más conservadoras, esas cifras pueden llegar a casi el 90% del personal.

Esto no es nuevo. Un “running joke” (un chiste que se repetía a menudo) en la clásica comedia británica de los ´80 Yes, Minister (luego Yes, Prime Minister) pasaba por el personaje de Sir Humphrey Appelby (el secretario administrativo cuyo rol principal era operar para que nada cambiara), sugiriéndole al Ministro (PM luego) James Hacker, que la decisión novedosa que estaba por tomar era “valiente” (corageous). Eso desataba siempre un desopilante intercambio, mientras Hacker entraba en pánico, y como resultado se desdecía de su corajuda decisión para tranquilidad del representante de la burocracia estatal.

De allí que se me ocurrió que tal vez, y como sugiriera con el Covid-19, una manera de suavizar esta resistencia podría pasar por mejorar nuestras descripciones y asociarlas a temas más positivos, que presagien ganancia en lugar de riesgo. Desde ya no hablo simplemente de semántica. Hablo de tomarnos el trabajo de describir acertadamente lo que necesitamos hacer, o lo que buscamos que suceda, y enmarcarlo correctamente.

Esto implica más trabajo, porque deberemos hablar en términos que no utilicen la “innovación” como simple muletilla, y explicar lo que buscamos dentro de un lenguaje claro, pero específico de la industria y que se acomode a un contexto de progreso natural, y por ende, beneficioso.

A primera vista parece que solo aplicamos un barniz, pero en la práctica, referirnos a estos temas con justeza y hablar del cambio, y de la innovación, dentro de un contexto más conocido por nuestro público -y más compartido por nuestra industria u otras industrias (preferentemente exitosas)-, es clave a la hora de vencer resistencias.

Podemos, por ejemplo, hablar de conceptos relacionados a adaptarnos a nuevas exigencias de un mercado, a ser más estratégicos, a pensar por fuera de los modelos tradicionales con el fin de generar crecimiento, premiar la propuesta de ideas nuevas, y proponer que queremos seguir creciendo, mejorando, y avanzando. Un lenguaje más descriptivo dejará en claro lo que buscamos con esas modificaciones, que en general será prosperar, y alejará temores al reto de soñar con algo nuevo.

Mientras que cuando solo hablamos de innovación como expresión general y envolvente, estamos sobre utilizando una terminología válida, pero en esas condiciones, mayormente desprendida de valor, que deja muchos espacios sin cubrir. Eso implica sendas oscuras y desconocidas que pueden llevar consigo algún peligro para quienes reciben el mensaje, y por lo tanto, van generar un intuitivo rechazo en muchos.

La innovación tiene su lugar, así como una función primordial, en un mundo que fluye constantemente. Desde ya que nunca dejaremos de hablar de ella, ni de buscarla de diferentes maneras. Pero si lo que queremos es progresar y vencer resistencias, debemos reinventarnos (otra manera de hablar de innovación) de manera constante.

Cuanto más fácilmente logremos incorporar procesos creativos que nos permitan fluir naturalmente hacia modelos más eficientes de nuestro negocio -y que involucren a quienes trabajan con nosotros-, mejores serán nuestras perspectivas de un futuro mejor. Para lograrlo, esos métodos deberán entonces estar mejor enfocados, deberán ser más inclusivos, y estar definitivamente ligados -y comprendidos en general- como conceptos y propuestas coadyuvantes del bienestar general, y de todos los involucrados en ambos lados del mostrador.

IA

Ignacio Alperin nació en Argentina, creció en Australia y vivió temporariamente en varios países alrededor del mundo. Posee una experiencia internacional extensa, y diversa, obtenida en una carrera profesional alejada de lo lineal. Hoy en día es Profesor de Entrepreneurship en los MBAs de la Universidad Católica Argentina (UCA), Profesor de Creatividad e Innovación (Grado) en UCA Internacional, es un Emprendedor serial, consultor, orador en eventos nacionales e internacionales, y artista plástico.

Ignacio Alperin was born in Argentina, grew up in Australia and lived temporarily in several countries around the world. He has extensive and diverse international experience, obtained in a professional career far from the linear. Nowadays he is Professor of Entrepreneurship in the MBAs of the Argentine Catholic University (UCA), Professor of Creativity and Innovation (Degree) in UCA International, a serial Entrepreneur, consultant, speaker in national and international events, and an artist.

© 2021 Ignacio Alperin

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